| Cromañón y el punto final por Valeria Rozengardt | |
CONTEXTO: El 12/08/2003 escribí algo que bien podría haberlo hecho hoy. Ese día se votó la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Cuando volvía del Congreso, la urgencia y ansiedad se hicieron papel. Hoy, salvando las distancias, cada cosa que escribí tiene validez, cambia el motivo, pero se mantiene el sentido. Transcribo parte de esa necesidad imperante de escribir, que no aguantó a bajarse del colectivo, y que hoy se renueva con la destitución. El final, como verán, es contemporáneo. TEXTO: No puedo esperar. El llanto me arranca raíces, formas de ser. El llanto me envuelve, me vibra toda. Hay algo que erupciona de pura sonrisa. Imágenes, cientos de imágenes, de rostros, de nombres que vuelan en el aire. El llanto brota por todos lados, se multiplica entre los abrazos, encarna en las canciones. Escupe a todos en un mismo grito: ¡presentes! Ojalá hubiera un sitio desde donde vean. Ojalá existiera ese lugar que la fe predica. Para que por fin descansen, para que se sientan vivos por un instante. O para que mueran, por fin, tranquilos. Y si sus ojos espían y nos ven y escuchan y nos sienten. Y si sus sienes piensan y nos desnudan. Y si su claro aclara lo que oscurece. Pues entonces, que vean y oigan por fin: ¡presentes! Ojalá ese rincón oculto donde se ocultan los deje libres, los reconforte. Ojalá ahora les duela menos. Ojalá esas heridas y cicatrices que desconsuelan, hoy los consuele este tibio paño que reivindica. Porque entre llantos y sonrisas, porque entre la pena y la alegría, porque entre los sueños y lo concreto, existe espacio, hoy, que los presenta. Y si no existe un suelo hermoso donde nos vean. Y si no existe ni el más oscuro rincón de calma donde reposen. Y si no pueden oír los gritos, ni la alegría, ni los llantos. Y si no existe hemisferio alguno donde comprendan lo que la tierra. Y si después de muerto sos sólo muerto y tus heridas ya no se alivian. Y si no existe un paño tibio que endulce su triste ida. Pues entonces, ahora, por lo menos hay, entre los vivos, entre la sangre renaciendo, una esperanza. Un dulce soplo de sentido, un aliento de dicha que no cierra ni cuera ninguna herida de nuestros muertos, pero acaricia y relaja alguna herida de nuestros cuerpos. ¡Los chicos de Cromañón: presentes! |
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Valeria Rozengardt |
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