| Siempre Juli o el Cuento de una estrella por Valeria Rozengardt | |
Juli llevaba su estrella aferrada al cuerpo. Yo siempre tuve la mía. Un día, apelando a los conocimientos de un primo lejano, hasta supe su nombre. Cada vez que miro el cielo está ahí. Imborrable. Impávida. Juli tenía dos estrellas: la roja, la de su cuerpo, y la del firmamento. Tal vez hasta eran la misma, y se la adhirió porque no podía soportar tenerla sólo unas pocas horas del día. Tal vez. En mi vida yo también tuve dos estrellas, pero las mías sólo son del cielo. No recuerdo cuándo fue que elegí a la primera, pero sé muy bien cuándo la cambié por la que ahora tengo. La cambié por Juli. Elegir una estrella requiere de varias horas de contemplación. Pero, sobre todo, y ante el desconocimiento absoluto de astronomía, de la paciencia para armar un mapa estelar válido para los países del cono sur. Un mapa que nos permita encontrarla entre los que compartimos el mismo cielo. Mi primera estrella era muy fácil de ubicar. Tanto, que la compartía con Juli. Un día de contemplación, seguramente pampeana, descubrimos que teníamos la misma estrella. Fue ahí donde decidí cambiarla, con el único afán de la exclusividad. Mi estrella aún vive y seguirá haciéndolo por millones de años más. Va a sobrevivir a mi muerte y a la de muchos que vendrán después. Siempre ahí. Imborrable. Impávida. La estrella de Juli no. Las malas lenguas dicen que hace años que está muerta. Yo creo que se fue con él. Juli, aunque mira el cielo, no puede verla. Pero la lleva en su piel. Su estrella, que no está viva, todavía brilla. Su luz va a sobrevivir a mi muerte y a la de muchos que vendrán después. Siempre ahí, imborrable. Como Juli. Como todo lo que nos deja aunque ya no esté. Como su luz. Siempre Juli.
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Valeria Rozengardt |
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