Plaza Once y las dos Repúblicas

Hay muñecos disfrazados de hombres.
Hay sillones para sus nalgas.
Hay sobres puntuales en sus bolsillos.
Hay grabaciones con palabras cadavéricas en sus bocas.
Están, estas parodias humanas,
mucho más muertas que los muertos
que murieron para seguir vivos.
Y son los muertos los que los sacarán a patadas
de los fondillos de sus escritorios de ficción.
Son los muertos, ahora respetados,
y cuando vivos
descuidados,
maltratados,
olvidados,
ignorados
y usados, tanto vivos
como muertos.
Son los muertos, digo,
quienes entrarán en cada inhumana célula de funcionario apoltronado
y sacudirán su polvo de fantoches adobados.

Yace deshecha la República de Cromagnon
y el día después, al año siguiente
en la otra República, la noble igualdad
sigue buscando su trono.
Los más iguales hacen conferencias de prensa, aseguran
que han cumplido su tarea,
organizan un orden nuevo
aunque "todo estaba ya ordenado".
En la República que queda
los menos iguales deambulan buscando y enterrando
a sus muertos.
Es el día después,
al año siguiente.
Los muñecos orinadores siguen orinando
cuentos y más cuentos.
Los sobres son puntuales como siempre
a la hora de llegar a los bolsillos.
Los sillones siguen acariciando sus cuidadas nalgas
y los muñecos disfrazados
discursean con palabras
y las reducen a la nada.
En esta República,
las palabras verdaderas
las hablan los que han muerto.
Y las inspecciones mentirosas de los adobados
sólo sirven para clausurar sueños.

Oscar Naya

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