Julián, mi hijo, su muerte y las preguntas

 

Mi hijo tenía una rebeldía a flor de piel.

La injusticia lo indignaba. Estaba en ese lugar

y tiempo  en que una prepotencia podía llevarlo a la acción

más allá de su conveniencia personal. De hecho, lo sufrió

innumerables veces.

Pero Julián no murió por eso.

 

Mi hijo sentía un gran apego por la vida.

Practicaba sus múltiples formas sin detenerse:

elegir el estudio, jugar en grupo, salir con amigos,

divertirse, hacer deportes, conocer lugares, leer variado,

preguntar mucho, desafiar el saber de los otros.

Pero Julián no murió de ese modo.

 

Mi hijo era dirigente sin pretensiones.

Honesto, frontal. Organizaba, discutía, se comprometía

en las causas. Intentó moverse con otros, protestar,

dirigir su centro de estudiantes. Buscaba (y cómo no encontrarlos)

los motivos para pensar que algo mejor podía lograrse.

Pero Julián tampoco murió por eso.

 

Mi hijo corrió muchos riesgos en sus pocos años.

Fue y vino de sus casas, acompañando a unos y otros.

Se enfrentó con árbitros y autoridades, también con matones inútiles.

Fue asaltado por una bicicleta, por zapatillas, un reloj.

En algunas ocasiones intentó resistirse.

Pero no fue esa la causa de su muerte.

 

¿Quién puede explicarme la muerte de Julián?

¿Por qué razón hoy no está conmigo?

¿Cómo es que esa energía, ese fluir de vida se desvaneció en un ahogo?

¿Cuál es la tremenda estupidez, esa codicia inmunda, ese desenfreno

de complicidades que me lo llevó para siempre?

 

¿Y ahora?

Rodolfo Rozengardt - febrero 2005

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