Siempre Juli o crónica de un sueño por Valeria Rozengardt

Me desperté llorando y así me quedé durante veinte minutos. En la cama y llorando.
En general me cuesta recordar los sueños. Las situaciones y las personas me resultan borrosas. Todo es muy confuso. Mas bien suelo saber muy adentro mío con qué soñé, pero me cuesta expresarlo, darle lógica.
Esta vez fue diferente. Me desperté llorando absolutamente conciente de lo que había soñado. Y así me quedé durante veinte minutos. En la cama y llorando.

Era un domingo como cualquier otro. Nos habíamos juntado a almorzar,
toda la familia.
Charlando, riendo, discutiendo, lo que sea. Como siempre.

En un momento dado, le pregunto a Juli si iba a comer esa porción de
pizza. Me mira y no responde.
Me sorprendió verlo más chiquito, tal vez como un año atrás, o un poco
más aún, pero no lo cuestioné.
Estaba en la cabecera de la mesa y le pido que se arrime para dejarme
pasar al mismo tiempo que lo doy por hecho. Supongo que se inclinará
hacia delante para dejarme lugar. Pero me mira y no responde. Trato de
acompañar el hipotético movimiento de la silla con un empujoncito, pero
me resulta absolutamente pesada.
Y entonces, llegó el maldito instante del entendimiento. Me tiré al piso
llorando y pegando piñas al suelo. Creo que también gritaba.
Todos me miraron asustados sin entender qué me pasaba. Adrián me
pregunta y yo sí respondo.
Lo estaba viendo. Lo miraba y le hablaba y esperaba una respuesta.
Lo veía y entendí que estaba muerto.

Nunca recuerdo bien los sueños, pero esta vez sí.
Pude verle claramente la cara y entender sus gestos. Saber que cada
mirada la logré leer y que todavía la guardo en la retina, aunque mis
ojos estuvieran cerrados en ese entonces.
Descubrí que, a pesar de que en mi conciente parece que no, aún recuerdo
su rostro entero. Que no es un rompecabezas inalcanzable.
Descubrí que puedo inmortalizar su cara aún más joven, más niño, más
lejana.
Me desperté llorando y así me quedé durante veinte minutos.
En la cama y llorando.

Diego me dijo que era normal, que a él también le pasaba y que tenía un
amigo que hasta le hablaba mientras se bañaba. Entonces también lloró.
Entendí por qué no me respondía y entendí su rostro. Supe que esa mirada
era de impotencia, de no poder ser y quererlo con todo el alma.
(de no poder ser y quererlo y no ser).
Juli me mira y no responde, pero yo ya sé todo. Lamento haberlo
entendido.
Entonces, su silla se vuelve más liviana.


El día es mucho más oscuro cuando despierto.
Es terrible volver a la existencia, volver al día a día. Saber que eso
que parecía tan real y coherente no lo es. No es el mundo en que vivo.
Es terrible tratar de levantarse, caminar, intentar un desayuno.
Armarse de fuerza es terrible.
Todo es más gris y quiero seguir soñando. Ahí, con toda la familia.
Ahí, con Juli.
Me desperté llorando y así me quedé durante veinte minutos.
En la cama y llorando.

En algún momento Juli se fue al patio y, como cualquier otra vez,
estamos todos tratando de juntar a la familia para la gran foto. Todos
juntos.
Lo voy a buscar para que se acerque y participe. Sé que no puede, sé que
está sin vida, pero está ahí y tengo que buscarlo, hacer que se junte
con nosotros, que sea parte de lo nuestro. Porque él también es el
“nosotros”, porque no concibo una foto familiar sin él en ella. Porque
no concibo al no-Juli.
Le digo que entre y, otra vez, me mira y no responde. Sé que en realidad
no puede.
Juli llora porque quiere ser y no es. Llora y trata de disimularlo,
porque siempre es fuerte. Siempre es él.
Mi viejo me dice que lo deje, que no puede y no insista. Que hay que
dejarlo ir.
“Vamos, Vale. Vamos, hijita. No podemos hacer nada”
Lo miro tan ahí, tan sentadito en un rincón y lo siento solo. Tan chico
y triste y solo.
¿por qué dejarlo si está ahí? lo veo, lo puedo tocar…
Pero él sabe, entiende todo. Como siempre. Siempre Juli. Él sabe y lo
supo antes que yo.
No puede. Quiere ser y no es.
Y sé que nosotros tampoco somos. Ya no somos. No sin él.
Siempre Juli.


En general me cuesta recordar los sueños, pero esta vez fue diferente.
Me desperté llorando en un día mucho más gris. Y así me quedé durante
veinte minutos.
En la cama y llorando.
Es horrible soñar con la verdad. Saber entre las sábanas y las imágenes
del inconsciente que Juli ya no está. Pero es aún peor despertar a la
realidad y saber que un muerto en el mundo de los vivos, no se ve ni se
toca. Que sólo lo inmortalizan los recuerdos, que no se lo puede tener
ni hablar ni ver.
Alguien dijo alguna vez que el verdadero cementerio es la memoria. “Ahí
te guardo, acuno y te celebro”, dijo. Pero no me basta.
Todo es oscuro y quisiera seguir soñando.
Soñar para poder sentirlo cerca, para verlo ahí. Aunque ya no esté,
hablarle. Aunque ausente, próximo.
El mundo de los vivos va muriendo a cada muerte.
El mundo de los vivos ya no quiere ser sin él. Y nosotros tampoco. Ya no
somos. No sin Juli.
Me desperté llorando y así me quedé durante veinte minutos.
En la cama y llorando.
Quiero ser y no soy. No puedo.
Siempre soñar. Siempre dormir.
Siempre Juli.
Y no puedo.
Valeria Rozengardt
(21/03/2005)
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