Amigos, acabo de volver del cementerio.
Acabamos de despedir entre cientos de ojos
explotando de lágrimas a mi sobrino Julián.
Juli tenia 18 años y una hermosa sonrisa. Era
un buen tipo, asi de simple.
Juli estaba lleno de sueños. Era un pájaro
libre, dulce, pleno, feliz, irónico, siempre decía lo que pensaba. Era un
peligro.
Hijo de mi hermano, sangre de mi sangre, primo
de mis hijos, le gustaba el rock, el futbol, los tractores, salir con dos
pesos en el bolsillo y amaba, amaba y amaba la vida.
A Juli lo escuche nacer. Detrás de una pared
de madera escuché el parto, segundo a segundo. Lo cuidé de bebé y a lo
largo de la vida lo tuve a veces cerca, a veces más lejos. Pero lo tuve
siempre.
Hace poco, una desgracia vivida por su
cuñadita, otra adolescente abandonada por este mundo de mierda que estamos
engendrando, nos volvió a juntar y la cercanía con Juli siempre traia
brisas frescas. Era hermoso encontrarlo en el telefono, en los
cumpleaños, en la casa de mis viejos, sus abuelos, los domingos. Siempre
estaba Juli, pa charlotear de música, del Rojo, de las cosas de la vida.
Juli fue a escuchar un concierto de rock.
(Yo fui el día anterior con mi hijo, el primo
de Juli, y les juro que tuve miedo todo el tiempo, nunca sufrí tanto un
recital)
El concierto, por obra y gracia de adultos que
consideran a los pibes un objeto de consumo, mercancia, que no miden
consecuencias, que los exponen, los provocan, los agreden (como el dueño
del boliche, con un discurso que anunciaba el infierno, que anticipaba el
infierno), termino en infierno.
Doscientos chicos murieron como Juli. Quemados
por dentro, sin aire y sin destino.
Doscientos adolescentes, chicos, jóvenes,
doscientos proyectos de vida chamuscados, una sociedad mutilada, sistemas
de controles e inspecciones que fracasan, irresponsables que venden lo
invendible, una bengala asesina, un golpe al corazón, un llanto que no
cesa.
Otra vez la víctimas son jóvenes. Otra vez el
mundo adulto descuidó lo más preciado. Otra vez descuidamos a los chicos.
Otra vez, como miles de veces, como cada día.
Hoy en el cementerio se me ocurrió pensar y
decir que no hay medida para tanto dolor. Que no hay donde meter tanto
espanto y tanta tristeza. Y que de esa misma magnitud era la felicidad que
irradiaba Juli en vida, no cabía en ningún lado.
Y ahi estas ahora, Principe de este mundo
injusto. Tan lejos y tan cerca.
Como te vamos a extrañar, no tenés ni idea de
como te vamos a extrañar, Juli.
Te quiero, te quiero, te quiero, como te
quieren todos, tus viejos, María, tus primos, tus abuelos, tus tios, y los
amigos de todos nosotros, tu novia desesperada y tus amigos que llenaron
de angustia estas, tus últimas horas. Esos amigos que entraban una y otra
vez al infierno a ver si te encontraban, y que te subieron a la ambulancia
y te daban golpecitos en la espalda. No sabes como lloraban hoy, frente a
tu tumba.
Te quiero, Juli, pero te juro que todavía no
entiendo nada, nada, nada, nada de nada.