Zapatillas calientes, de indignación (Respuesta a un artículo de Lumbre) - de Rodolfo Rozengardt

Frente a un hecho de dimensiones tan horrorosas como la masacre de Cromañón han aparecido dos maneras igualmente incorrectas de valorar los hechos en lo atinente al problema de las culpas y las responsabilidades.

Están quienes buscan un chivo expiatorio. Este mecanismo alivia posibles culpas compartidas y simplifica todo análisis. Es el caso de cada uno de los imputados, que acusa a uno de los otros, de los políticos que pretenden aprovechar para cumplir sus propósitos acusando únicamente a los gobernantes de turno y muchos otros, como los medios de comunicación, que alientan a los familiares a un linchamiento que genera ventas mediáticas. Tal vez es lo más visible porque vende, pero no es mi posición ni la de la mayoría de los familiares.La otra forma opuesta intenta diluir las responsabilidades en una suerte de caldo de culpabilidades, o “culposidades” que llevaría a que todos somos responsables por igual de esta masacre. Y si no lo somos, al menos, que vivamos con culpa, lo cual nos deja sin voluntad para pelear y sin confianza para la construcción de un futuro mejor.

El artículo que Lumbre ha publicado en su número de junio (pág. 3), responde a esta opinión y se muestra tan claramente contradictorio que diluye la propia responsabilidad al ni siquiera firmar, con lo cual está señalando, al menos, que no se hace cargo de lo que afirma. Eso solo ya le quita todo valor moral y resta credibilidad a la publicación. Así y todo, por el derecho de los lectores y porque la lucha es ardua, me detengo a responder.Esta visión, sostenida por algunos intelectuales y analistas, también por políticos que no  asumen su parte en la conducción corrupta del Estado y por personas con “tendencia a la culpa”, es llevada en este artículo a límites que traspasan el respeto por el dolor y manifiestan un profundo desprecio por todo lo popular, lo juvenil, por la alegría. Intenta cercenar el derecho de los jóvenes a la diversión y a ser cuidados por los organismos que la sociedad ha generado y sostenido para cumplir esa función. Se afirma en el artículo que los jóvenes se inmolaron, como en un acto voluntariamente autodestructivo. Sigue luego y sostiene que todos ellos están “… impulsados por el alcohol y las pastillas de moda”. Llama liberación patológica a “saltar, gritar, sudar, emocionarse…” y que “nadie supo encender en ellos la pasión educativa, la cultura del trabajo o un sentido atractivo de la vida.”

Aquí me detengo, para ilustrar al/a autor/a. Ninguno de los chicos muertos mostró en sus autopsias rastros de alcohol o drogas, por lo cual, su prejuicio lo/a lleva a inventar una justificación. Puede, para ello, consultar la causa penal. Luego, de los que murieron muchos eran estudiantes, profesionales, trabajadores, algunos desocupados. Julián, mi hijo de 18 años, era profundamente curioso e interesado por el conocimiento, trabajaba aún sin necesitarlo, pues entendía que era lo moralmente correcto. Estaba planeando sus estudios universitarios, imaginaba un futuro de trabajo y vida en común con su novia y había peleado duramente con profesores y autoridades para que se respete la justicia en su escuela y en las actividades deportivas que practicaba con gran dedicación. No lo afirmo yo, como un padre orgulloso por su hijo, dan testimonio de ello las numerosas cartas de innumerables amigos, conocidos, entrenadores, profesores que me siguen llegando. Y Julián no fue el único, se lo aseguro. Seguramente hay jóvenes confundidos, sin horizontes, sin proyecto. Pero eso no justifica que se los acuse a ellos o a sus padres y se les adjudique la culpa por este crimen horroroso.El/a autor/a no entiende la fiesta popular en ninguna de sus manifestaciones y ve la alegría del movimiento, de la música, la vida vivida en plenitud como una amenaza y algo vulgar, denotando con ello un contenido soberbio típico de clases sociales que se creen superiores (menciona despreciativamente el bombo como el “instrumento más primario de la sinfónica”).

“Los padres… (dice más adelante) se empeñan en encontrar un chivo emisario que los calme de su hipocresía de renunciantes. Si involucran al jefe de gobierno o al empresario, creen poder aliviar el tremendo dolor de la pérdida. No saben que la culpa pertenece a otro mundo y a todos”. Aquí el artículo es directamente agraviante. Le propongo a su autor/a un experimento mental. Imagine que su hijo de 18 años sale a la calle, espera que el semáforo lo autorice y cruza una avenida, mientras usted lo mira salir. Resulta que un auto viene a gran velocidad, por la razón que sea no respeta el semáforo, atropella a su hijo y lo mata. Podríamos agregar que durante la “tragedia”, algunos tripulantes del auto también se accidentan mortalmente. ¿Usted qué haría?, ¿se echaría la culpa por dejar salir a su hijo? En ese caso, ud. está condenado/a a vivir con culpa para siempre, lo cual no lo/a ayudaría a entender lo que ocurrió y por que puede haber este tipo de accidentes. ¿Diría, la culpa es de todos los argentinos que manejamos tan mal o haría una denuncia a los responsables que conducían el automóvil como responsables penales de la muerte de su hijo? Señor/a autor/a, está usted frente a un caso claro de responsabilidad civil y culpabilidad por no respetar las reglamentaciones más elementales de la vida urbana. Eso se llama homicidio. Es lo que cometieron los empresarios del boliche Cromañón y los músicos de Callejeros (que iban a “gran velocidad” y no se detuvieron ante las señales evidentes). Y los encargados de controlar que las normas se cumplan, el gobierno de la ciudad, los policías y bomberos, que incurrieron en coima o cohecho, cosa que está probada en el expediente judicial. Los padres abonamos nuestros impuestos para que los gobiernos locales controlen a los empresarios.

¿Cuál es mi culpa y la de los otros padres?, ¿permitir que mi hijo de 18 años vaya a un recital a un local que debe contar con las garantías del Estado? ¿Cuál es su culpa en el caso del experimento mental?, ¿autorizar a su hijo de 18 años a cruzar la calle? Más aún, ¿qué me diría de los adultos que murieron en el recital?, ¿quién los debe autorizar a participar de un espectáculo musical? ¿Los de su clase, tal vez? ¿O la gente no tiene derecho a acudir a escuchar música? ¿Y si hubiera incendiado un teatro en un recital de la sinfónica?, ¿usted qué diría, señor/a tan fino/a?Con todo esto no pretendo afirmar que el problema se circunscribe a unos pocos culpables. Como trasfondo existe una grave crisis social y humana. Pero no es con desprecio hacia los jóvenes o a la cultura popular o a través de mecanismos que generen adultos culpógenos e impotentes que vamos a cambiar. Se trata de derechos que deben ser respetados, para lo cual hay que exigir y luchar y responsabilidades que deben ser asumidas, cada uno en su función.Yo, desde aquí, como padre y ciudadano, reclamo, debato, defiendo la memoria de mi hijo y exijo justicia, como único camino civilizado para empezar a visualizar, al menos, un futuro.

Rodolfo Rozengardt, papá de Julián, muerto en Cromañón

DNI 12.753.311

Memoria y justicia. Castigo a los culpables

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