Para Adolfo Pérez Esquivel - PersonalCarta enviada personalmente para Adolfo Pérez Esquivel, aún sin respuesta. |
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Querido Adolfo: me resulta muy difícil enviarte estas líneas. Siempre admiré en vos tu capacidad, tu firmeza en la lucha por la paz y los derechos humanos, tu entrega incondicional a la causa de los martirizados por la injusticia, en particular por la injusticia institucionalizada. Siempre te vi erguido y obrando con la palabra y la acción del lado de los humillados, ofendidos y agredidos, nunca intentando planear por encima de los conflictos de una sociedad inequitativa y cruel con los de abajo, ni pretendiendo reconciliar al genocida, al corrupto, al inhumano con sus víctimas. Eras, sos, para muchos de nosotros, para mucha gente en todos los rincones del país y del mundo, un testigo de la verdad y la solidaridad humanas. Te hablo, te escribo con el corazón dolorido, como abuelo de Julián, mi hermoso nieto de 18 años quemado con otros 193 chicas y chicos en la cámara de gases y fuego de Cromañón por la irresponsabilidad, la desidia, la indiferencia, los manejos corruptos de quienes, de haber cumplido con su deber como gobernantes y como seres humanos, deberían haber asegurado la seguridad y la vida de ellos y de todos los jóvenes inmolados por la violencia del gatillo fácil, la miseria sin horizontes, o los “accidentes” como el de Khevys y Cromañón, la inundación de Santa Fe o, para ejemplificar, los efectos mortíferos de las Katrina, como en Nueva Orleáns, “accidentes” que son obra de las políticas deliberadas o insensibles de los poderes estatales y que siempre se encarnizan con los pobres, los jóvenes, los pueblos. No son los jefes políticos los que aprietan el gatillo, pero sin el dejar hacer ( o incluso el facilitar burocráticamente) a los que aprietan el gatillo, a los corrompidos que se venden y se compran, a los mercaderes que trafican con la vida de los niños y los jóvenes, la impunidad sería mucho más difícil. Y sólo la conciencia alerta de los pueblos y sus movimientos de lucha pueden ir a fondo, llevar al estrado a los responsables políticos e institucionales de la injusticia. Como ocurriera con Romero Feris en Corrientes, con los Juárez en Santiago del Estero, con la abnegada movilización popular del 19 y 20 de diciembre de 2001, que juzgó en las calles a un gobierno culpable de todas sus desgracias. Fue, como entenderás, un verdadero juicio político, una Fuenteovejuna que no mató sino que echó al Comendador y reclamó “que se vayan todos” los comprometidos en la corrupción antidemocrática Si te cuento, Adolfo, acerca de este dolor que me agobia y que también hace más duro el sufrimiento de todos los familiares de los chicos de Cromañón, no lo hago para lamentarme de las mentiras de los medios, ni de las maniobras hipócritas y las complicidades espurias de los círculos del poder. Eso lo sabemos, sabemos de los manejos tortuosos de quienes necesitan de la impunidad para seguir ejerciendo sus negocios, cualquiera sea el costo que represente en vidas y sacrificios de la gente. No es siquiera el padecimiento de la lucha cotidiana, difícil, como vos sabés por experiencia propia, llevada a cabo en un ámbito donde la conciencia social ha sido macerada por los antivalores impuestos por el sistema, como el “por algo será”, el “no te metás”, el “si a mí no me toca, no me importa”. Nuestra lucha, aún con todos los errores que podamos cometer en ella, con las erupciones que provoca a veces la desesperación frente a las maniobras hostiles y calumniosas de los dueños del poder, de la riqueza y de la política, es sin embargo lo que nos permite juntarnos, compartir el sufrimiento pero sobre todo la pelea contra la impunidad, sentir que estamos plasmando el compromiso sagrado que tenemos con nuestros muertos, que nos siguen exigiendo, cada minuto, en cada ocasión, sin reposar jamás, que logremos recuperar la verdad y la justicia escarnecidas. No, Adolfo, el dolor más grande es el que produce ver a personas comprometidas como vos que de pronto aparecen usados por los impunes, los abogados de los responsables, los medios de los poderosos. Una instrumentación que los hace aparecer no al lado de las víctimas, sino junto a los victimarios. ¿En nombre de quién, querido y admirado Adolfo, usan tu nombre, como el de otros conocidos militantes de las luchas sociales y los derechos humanos, para rodear la impunidad del sistema político con un halo de “progresismo” y gracias a ello seguir acusando de todas las perversidades a los padres, abuelos, sobrevivientes, organizaciones juveniles y populares que, como los trabajadores de Zanón, están dando una muestra ejemplar de solidaridad con los chicos masacrados en Cromañón y los familiares? Cuando junto a decenas de personalidades firmaste en setiembre de 2003, la declaración pública “No da lo mismo”, para justificar el voto contra Macri y por “lo público, por la solidaridad, por la participación popular y por una democracia con Derechos Humanos”, vos y los firmantes sostuvieron: “Esta fue una larga lucha de reclamos hacia el Estado. Porque fue el Estado, ayer, el responsable de los crímenes de la dictadura y porque es el Estado, hoy, al que demandamos justicia y el desarrollo de políticas que promuevan la búsqueda de la verdad y el ejercicio de la memoria”. ¿Se acabaron acaso la impunidad, la violencia antiobrera y antipiquetera de policías y gendarmes , el gatillo fácil, los chicos de la calle, la politiquería corrupta, las desigualdades sociales, el maltrato racista y oligárquico contra las comunidades indígenas? ¿Cromañón fue un desgraciado incidente sin responsables? ¿ La seguridad, la paz, la alegría de vivir, de estudiar, de trabajar y construir un futuro digno están afianzados…? Perdoná, caro Adolfo, si en algo te molestan estas líneas que no puedo evitar escribirte luego de leer una reciente y discutible nota tuya y, muy en especial, de escuchar cómo los encubridores corporativos de la arbitrariedad y la injusticia utilizan la misma y tu trayectoria para blanquearse y dejar en pie, intocado e intocable, el sistema de impunidad que tantas desgracias ha traído y seguirá trayendo a nuestro pueblo. Todo este entramado hipócrita de las corporaciones del poder que se protegen a sí mismas, está matando por segunda vez a nuestros chicos asesinados, y lleva en sus entrañas las semillas malditas de nuevos Cromañones. Todos estamos en peligro si triunfa la impunidad; de todos depende ponerle freno y abrir una página nueva en la vida de nuestra juventud y nuestro pueblo Confío, confiamos en nuestro Adolfo, y esperamos tu palabra: la de protesta contra la vergonzosa manipulación oficial y oficiosa de tu prestigio y dignidad; y la indoblegable palabra de tu solidaridad para con nuestros muertos queridos y la lucha por los ideales de verdad y justicia que compartimos. Siempre a tu disposición, Juan Rosales (Juan Rozengardt, abuelo de Julián Rozengardt) Buenos Aires, 1 de marzo de 2006
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