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Un niño, una bengala, la música que atruena,
el sudor y la lejana algarabía
de tribus armándose en lo oscuro
como una jalea espesa y temerosa
que circula sin rumbo hacia el futuro
y contarán los viejos algún día
“aquí murió mi hijo”, “allá mi hermano”
“aquí murieron mis primos, mis vecinos”
“aquí ardieron los niños, asfixiados
por el humo que no tiembla ni perdona”
La muerte no es heroica, ni es sublime:
la muerte es una puta que se vende
por algunas monedas y se entrega
al que quiera tomarla o arrastrarla
hacia el cuerpo y la muerte de los otros
La muerte es nuestra muerte, callejeros.
Y no para. 
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